Te fuiste y se me enfrió el café. Sin tus besos, tu piel sobre mis huesos, me helé.
Que hasta Nueva York se hubiese congelado al verte cerrar la puerta y la historia.
Que ya esas pestañas no enmarcan miradas llenas de deseo, si no de miedo al vacío.
Y que sepas, que todo aquello que no nos dijimos hace acto de presencia en mi cuerpo,
clavándose como cuchillos en la espalda de 13 besos que tú te encargabas de contar cada noche
-no fuese que alguien te robase alguno-
Te fuiste y te llevaste todo lo que era tuyo, dejándome sin alma, sin cuerpo, sin vida.
Me dejaste tirada en la cama, buscando entre las sábanas frías tu esencia, efímera como la canción del verano. La canción de aquel verano que comenzó muy pronto
-y quizá terminó demasiado tarde-
Que hasta Nueva York se hubiese congelado al verte cerrar la puerta y la historia.
Que ya esas pestañas no enmarcan miradas llenas de deseo, si no de miedo al vacío.
Y que sepas, que todo aquello que no nos dijimos hace acto de presencia en mi cuerpo,
clavándose como cuchillos en la espalda de 13 besos que tú te encargabas de contar cada noche
-no fuese que alguien te robase alguno-
Te fuiste y te llevaste todo lo que era tuyo, dejándome sin alma, sin cuerpo, sin vida.
Me dejaste tirada en la cama, buscando entre las sábanas frías tu esencia, efímera como la canción del verano. La canción de aquel verano que comenzó muy pronto
-y quizá terminó demasiado tarde-
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