Es diciembre en tus ojos desde que comenzó esta tragicomedia que parece no acabar. Lo sé por los incendios de nieve que provocas en mi. Me congelas y me haces arder después, arder en rabia e impotencia, por culpa de esa llama incandescente que amenaza con seguir viva, alimentándose de quizás, canciones con el corazón roto y miércoles por la noche, y no comprende que lo que queda de nosotros jamás podrá volver a arder como antaño. Puede que pienses que esto no es como te cuento ahora, pero en realidad, esta vez no venía a recordarte lo que fuimos y los que nos quedó por ser, ni para confirmar tu teoría de que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen; esta vez quería contarte que jugar con fuego siempre acabará haciendo que te quemes, y yo me he prometido no estar ahí para curarte: hacerlo volvería a abrir mis heridas, y sé que tú me tirarías alcohol, en vez de curarme con saliva.
Creo que de todo lo material que tengo, lo más preciado para mi cabría en una mochila. Sin embargo, la mayoría de cosas por las que daría mi vida (quizá no es algo de lo que enorgullecerse), están en mi cabeza y en el corazón de la gente que cree en mi. Últimamente palpo la brevedad de lo valioso tan a menudo que a veces, ni siquiera disfruto pensando en que podría acabarse pronto. Ay, dónde estarán las Ítacas en esos momentos. L a insoportab l e levedad del ser, es la gran cuestión alrededor de la que todo gira. El amor, la am b ición, la percepción, lo que no contamos. Para cada ser, un mundo. Para mi, todo lo que es leve es a la vez lo más pesado, aunque aún sigo sin entender cuál es el polo positivo y cuál el neg a tivo. El amor, el gran motivo de la existencia. Invisible pero tan cierto que he escuchado corazones romperse, entre otros, el mío. Aunque defendería hasta la muerte, a evidencia de los ingleses, que no tienen una palabra para expresarlo (pobres.....
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