Normalmente cuando hablamos de un río, hablamos de algo que separa territorios. Que establece fronteras, límites. Separa almas que, aunque gemelas, llevarán distintos nombres, distintas vidas, tendrán distintas costumbres y nunca pensarán igual. ¿Y si llegara alguien que es capaz de mirar con otros ojos? Ver un río como vía de enlace. Entender que, sin importar de dónde venga, todos bebemos el misma agua, todos la necesitamos para vivir. Verlo como un ciclo constante de naturaleza viva, que nace entre unas montañas, se crece en su caudal, y desemboca en el mar para volver a nacer después de la lluvia, retornando a su orígen. Constante. Capaz de seguir manteniendo toda la vida que contiene, a pesar de las cataratas, de las fuertes corrientes, los desbordamientos y su desembocadura. Porque, a pesar de todo, ha sido creado para eso. Y, pase lo que pase, nunca dejará de ser el mismo río, nunca dejará de llevar agua... Nunca jamás cambiará. Y yo, que no creo en para siempres, sí que sé con certeza que seré tuya mientras fluya el Niágara, mientras siga llevando aquello que te quite la sed, mientras siga siendo una fuente inagotable de vida.
TMFEN,
Igrie
TMFEN,
Igrie
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