Me da vértigo mirar atrás.
El abismo de los días que transcurren, habiendo perdido la inocencia y la inquietud de saber qué deparará cada uno, si nos cruzaremos en algún semáforo, o si me vendrá tu olor en una bocanada de aire al dar la esquina. El café de por la tarde ya no tiene una cita, no sé ya si se me hace tarde o es que a ti se te ha olvidado, o las dos cosas. ¿Recordará Mariángeles que no necesito azucarillo? Extraño el aire contaminado de las carcajadas de mis amigas, de palabras mal dichas o campanasquesuenan pero nosabenpordonde. No aprecié lo suficiente lo agradable que era la cerveza después del trabajo, y todas las que vinieran más tarde. Ese abrazo que no nos dimos, pensando que nos veríamos mañana, el cuaderno que olvidaste en mi casa, y el pañuelo que (a propósito) yo dejé en la tuya. Todos pasaron de ser un futuro próximo de indicativo, a ser el complicado futuro de subjuntivo. Ya en desuso. Como los besos, atrevido quien los diere. Y las miradas a los ojos. Se me ha olvidado ya cómo son los de Alberto. He de confesar, que también echo de menos caminar. Correr, saltar, sentir el frío o el calor. Creo que cuando todo esto acabe, Rusia entera se me quedaría pequeña. Pienso abrazar hasta a los árboles, tumbarme en el césped, meterme de lleno en la playa y subir a Torrehacho con Álvaro. Me doy cuenta de todas las cosas tan pequeñas que he dejado sin hacer. Porque siempre me gustaba verme en la tesitura de: "Tiempo, dinero o salud". Y yo era de las que elegían tiempo, siempre con prisas, 24 horas eran demasiado pocas, y ahora me sobran horas que regalarle a esa chica ocupadísima en cosas mundanamente importantes, y decirle que mejor me quedo con la salud.
Y después de añorar, reflexiono:
La libertad de uno acaba donde empieza la de otro; alguien se tomó la libertad de no cuidarse demasiado... y concluyó la historia acabando la libertad del mundo entero. Alguien no hace mucho, me preguntó: "Crees que eres libre?" "Pues claro", sin duda alguna, ¿qué o quién osaría a mi a atarme en tal momento? Temerario el que se atreviera. "No lo eres, nadie lo es. Desde que nacemos estamos atados" Qué frívolo me pareció. Me atreví a echarle la culpa de no ejercer la libertad de la que, para mí, todos estamos dotados. Nadie podría estar sobre mi, o marcar un guión sobre mis actos. Pero siempre hay alguien por encima, existen unos límites... Unas directrices, más bien. Y entonces vi que mi libertad acababa donde empezaba la seguridad de mi entorno. Que la de los demás acababa donde empezaba la mía. Me di cuenta de que todo este tiempo, había considerado como un hecho algo utópico: sí, somos libres, pero con cláusulas. Hace unos días me lo preguntaba: ¿vivimos en libertad o en un continuo libertinaje?
El abismo de los días que transcurren, habiendo perdido la inocencia y la inquietud de saber qué deparará cada uno, si nos cruzaremos en algún semáforo, o si me vendrá tu olor en una bocanada de aire al dar la esquina. El café de por la tarde ya no tiene una cita, no sé ya si se me hace tarde o es que a ti se te ha olvidado, o las dos cosas. ¿Recordará Mariángeles que no necesito azucarillo? Extraño el aire contaminado de las carcajadas de mis amigas, de palabras mal dichas o campanasquesuenan pero nosabenpordonde. No aprecié lo suficiente lo agradable que era la cerveza después del trabajo, y todas las que vinieran más tarde. Ese abrazo que no nos dimos, pensando que nos veríamos mañana, el cuaderno que olvidaste en mi casa, y el pañuelo que (a propósito) yo dejé en la tuya. Todos pasaron de ser un futuro próximo de indicativo, a ser el complicado futuro de subjuntivo. Ya en desuso. Como los besos, atrevido quien los diere. Y las miradas a los ojos. Se me ha olvidado ya cómo son los de Alberto. He de confesar, que también echo de menos caminar. Correr, saltar, sentir el frío o el calor. Creo que cuando todo esto acabe, Rusia entera se me quedaría pequeña. Pienso abrazar hasta a los árboles, tumbarme en el césped, meterme de lleno en la playa y subir a Torrehacho con Álvaro. Me doy cuenta de todas las cosas tan pequeñas que he dejado sin hacer. Porque siempre me gustaba verme en la tesitura de: "Tiempo, dinero o salud". Y yo era de las que elegían tiempo, siempre con prisas, 24 horas eran demasiado pocas, y ahora me sobran horas que regalarle a esa chica ocupadísima en cosas mundanamente importantes, y decirle que mejor me quedo con la salud.
Y después de añorar, reflexiono:
La libertad de uno acaba donde empieza la de otro; alguien se tomó la libertad de no cuidarse demasiado... y concluyó la historia acabando la libertad del mundo entero. Alguien no hace mucho, me preguntó: "Crees que eres libre?" "Pues claro", sin duda alguna, ¿qué o quién osaría a mi a atarme en tal momento? Temerario el que se atreviera. "No lo eres, nadie lo es. Desde que nacemos estamos atados" Qué frívolo me pareció. Me atreví a echarle la culpa de no ejercer la libertad de la que, para mí, todos estamos dotados. Nadie podría estar sobre mi, o marcar un guión sobre mis actos. Pero siempre hay alguien por encima, existen unos límites... Unas directrices, más bien. Y entonces vi que mi libertad acababa donde empezaba la seguridad de mi entorno. Que la de los demás acababa donde empezaba la mía. Me di cuenta de que todo este tiempo, había considerado como un hecho algo utópico: sí, somos libres, pero con cláusulas. Hace unos días me lo preguntaba: ¿vivimos en libertad o en un continuo libertinaje?
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